Soledad Silveyra y su sobrina, en Catamarca`Ante todo, somos muy compinches
La población catamarqueña “El Rodeo”, fundada por los españoles en el año 1941, se transformó en una hermosa villa de veraneo enclavada en las sierras de Ambato. Hasta allí viaja Soledad Silveyra (55), protagonista de la novela “La Ley del amor”, cada vez que su tiempo se lo permite. La actriz conoció el lugar porque su hijo, Facundo Jaramillo, debió radicarse allí por cuestiones laborales y, apenas lo vio, se enamoró por completo de su paisaje. Tanto que lo eligió como escenario de su último cumpleaños, en febrero pasado, una fiesta que su sobrina, María (16) —hija de Máximo, el hermano de Solita que falleció hace 4 años— le organizó con ese cariño tan especial que une a tía y sobrina desde siempre. “Con María nos llevamos bárbaro. Ella quiere ser productora y yo estoy dispuesta a acompañarla en sus proyectos. Pronto empezará una carrera universitaria. La veo con muchas ganas de estudiar. Ella es una chica muy dedicada y quiero que lo aproveche. Lo único realmente valioso que uno le puede dejar a un chico es la educación.”
—¿Apoya a su sobrina María en todas sus decisiones?
—Ella tiene una gran relación con su mamá, Carol. Así que si algo tengo en claro es que primero está ella y luego estoy yo. Con María conversamos mucho y tenemos un excelente diálogo, mucho más independiente y libre que el que puede haber entre una madre y una hija. La madre tiene que estar educando todo el tiempo. Las tías podemos darnos el lujo de ser más compinches. Con María tenemos una hermosa relación.
—¿Podría decirse que son amigas?
—Somos muy compinches, pero no amigas.
—¿Encuentra rasgos suyos en María?
—Yo la veo igual a su mamá. Ella tiene una gran personalidad. Es una combinación de todos los integrantes de la familia. Supo extraer lo mejor de cada uno.
—¿Hay algo en ella que le haga recordar a su hermano?
—No veo algo puntual en ella que me recuerde a Máximo, pero yo permanentemente siento su presencia. En casa tengo una lámpara que mi hermano me regaló la última Navidad. Cada vez que llego a casa lo primero que hago es encenderla. Es mi manera de sentirlo cerca.
—¿Con María, lo recuerdan juntas?
—Este fue un tiempo de mucho dolor y la memoria recién ahora empieza a aparecer. Todavía cuesta que surjan los mejores recuerdos.
—¿Lo hablan entre ustedes o prefieren silenciar el dolor?
—Lo hablamos. Es la única manera de poder curar la herida. Conversamos mucho de todo lo que pasó y también de lo que hoy nos ocurre. Pero eso pasará y, en algún momento, podremos contar anécdotas y reírnos al recordarlas.
—¿Le hubiera gustado tener una hija como su sobrina?
—Sí, me hubiera gustado. Pero tengo en claro que María no es mi hija.
—¿La consiente?
—María es muy modesta. Se arregla con lo indispensable. No le gusta pedir. Tiene un enorme sentido del lugar que ocupa y de quién es ella. Y eso que está rodeada de muchas escenografías, de gente con dinero y de gente humilde. Creo que eso la ayuda a ser cada vez más auténtica. No necesita ser Solita, ni mamá, ni nadie. Es ella misma, María.
—Usted habla del escenario afectivo donde se desarrolla María. ¿José Jaramillo, su primer marido, forma parte de ese mundo? Usted hasta llegó a invitarlo a su último cumpleaños.
—Sí, también. Es que mi relación con él es excelente. Debemos ser una de las pocas parejas que hace más de 25 años estamos separados y aún no hemos iniciado los papeles de divorcio.
—Es raro que no se hayan divorciado. Aunque también lo es que compartan momentos tan íntimos.
—Ambos trabajamos para nuestros hijos y siempre compartimos estos momentos. La Navidad o Año Nuevo seguro lo pasamos juntos. Tratamos de mantener un buen vínculo. Los dos somos padres de nuestros hijos, y nunca vamos a dejar de serlo.